Última actualización 15:56, Santiago de Chile
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LATAM ·

China consume el 58% del cobre mundial y no puede reemplazar el de Chile.

Con el cobre en máximos históricos y el litio bajo control estatal tras la derrota de Tianqi en la Corte Suprema, la pregunta dejó de ser si Chile tiene palanca. Es si la usa en el metal que de verdad le importa a Beijing.

El cobre cerró esta semana en máximos históricos en la Bolsa de Metales de Londres, sobre los US$5,90 la libra en promedio para 2026, casi 40% por encima de hace un año. Cochilco proyecta una demanda mundial de 28,4 millones de toneladas para el año, con China como ancla en torno al 58% del consumo global. En el primer trimestre, Chile exportó US$14.405 millones solo en cobre. En paralelo, el litio chileno quedó bajo control estatal: la sociedad Codelco–SQM, bautizada Nova Andino Litio, superó su último obstáculo cuando la Corte Suprema rechazó en enero de 2026 la apelación de Tianqi, el accionista chino que controla el 22,16% de SQM y que peleó el acuerdo hasta la última instancia. Perdió.

Los dos hechos cuentan la misma historia desde ángulos opuestos. En el cobre, Chile es el primer productor del planeta y no tiene reemplazo de volumen y ley para un comprador que consume casi seis de cada diez toneladas mundiales. En el litio, Chile guarda cerca del 40% de las reservas del mundo pero China refina la mayor parte del litio químico, así que la palanca chilena ahí es menor. La diferencia es que en el litio Chile acaba de mover ficha. El Estado retomó el control del salar por la vía de Codelco, un accionista chino intentó frenarlo en tribunales chilenos y el fallo quedó a favor de Chile. En el cobre, en cambio, el país sigue vendiendo concentrado sin exigir procesamiento, con el precio disparado y sin una sola cláusula nueva sobre la mesa.

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Conviene empezar por separar dos minerales que casi toda la conversación mete en la misma frase, porque juntarlos infla el caso y confunde la estrategia. El cobre y el litio no le dan a Chile el mismo poder frente a China, y tratarlos igual lleva a negociar mal los dos.

En el cobre la palanca es real y hoy está en su mejor momento en años. El metal marca máximos históricos en Londres, sobre los US$5,90 la libra en promedio para 2026 según Cochilco, empujado por la electrificación, los data centers y la red eléctrica que China necesita expandir. Beijing consume cerca del 58% del cobre del mundo y no tiene de dónde sacar ese volumen con la ley chilena en el corto plazo. Puede comprarle a Perú, a la República Democrática del Congo, a Zambia, y acumula reserva estratégica para amortiguar shocks. Pero prescindir de Chile le cuesta caro. Ahí Chile tiene un poder de negociación que rara vez ejerce: exporta concentrado, cobra el precio spot y deja que el valor agregado —cátodo, alambrón, manufactura— se capture del otro lado del Pacífico.

En el litio el cuadro es distinto y hay que decirlo con honestidad. Chile guarda cerca del 40% de las reservas mundiales, pero es Australia quien lidera la producción con espodumeno, y es China quien refina la mayor parte del litio químico que termina en una batería. La palanca chilena en el litio existe, pero es menor que en el cobre. Y sin embargo es en el litio donde Chile acaba de demostrar que sí sabe usar la palanca cuando decide hacerlo.

El acuerdo Codelco–SQM, la sociedad que operará bajo el nombre Nova Andino Litio, puso el Salar de Atacama bajo control mayoritario del Estado a partir de 2025. Tianqi Lithium, la minera de Chengdu que controla el 22,16% de SQM, peleó el acuerdo en todas las instancias: alegó que la operación diluía su participación y que debió votarse en junta de accionistas. La Corte Suprema chilena rechazó su apelación final en enero de 2026. El regulador antimonopolio chino, la SAMR, solo dio una aprobación condicional. La lectura es directa: un accionista chino intentó frenar en tribunales chilenos que el Estado de Chile tomara el control de su propio litio, y el Estado ganó. Que Beijing haya tenido que pronunciarse sobre quién controla el salar no prueba debilidad chilena. Prueba que a China le importa lo suficiente como para intervenir. Nadie pide permiso por algo que le sobra.

Lo que Chile hizo en el litio —retener control, resistir la presión de un socio chino, abrir espacio para financiamiento y socios occidentales— es exactamente lo que todavía no hace en el cobre, donde la palanca es mayor. Con el precio en récord, cada contrato de concentrado que se firma sin exigir procesamiento local es una ventana que se cierra. El poder de negociación no se mide en cuánto exportas. Se mide en cuánto puede dolerle a tu comprador que dejes de venderle, y en cuánto valor te llevas antes de que el mineral salga del puerto. Chile tiene lo primero en el cobre y acaba de demostrar lo segundo en el litio. Falta unir las dos cosas en el metal que más importa.

La cadena que convierte una piedra chilena en un vehículo eléctrico está casi toda en China: CATL controla cerca del 55% de las baterías del mundo, y China produce el 80% del galio. Chile aporta el primer eslabón y no captura ninguno de los siguientes. Esa es la brecha, y no se cierra con un discurso sobre soberanía. Se cierra con una cláusula en un contrato, como la que ya funcionó en Atacama.

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