Valparaíso compite contra Xiamen y Bruselas por la sede del Tratado de Alta Mar: la decisión se toma en enero de 2027 con 82 ratificaciones ya depositadas
El Tratado de Alta Mar protege la mitad del océano que no pertenece a ningún país. Chile fue el 2° del mundo en ratificarlo y ahora quiere ser su capital mundial — pero China postula a Xiamen y la votación es en enero de 2027.
El 17 de enero de 2026 entró en vigor el Tratado de Alta Mar, conocido por su sigla en inglés BBNJ. Es el primer acuerdo internacional con fuerza de ley que protege la vida marina en alta mar, es decir, en la mitad del océano que no pertenece a ningún país porque queda más allá de las 200 millas náuticas que cada Estado controla frente a su costa. El tratado necesitaba 60 ratificaciones para activarse y las alcanzó el 19 de septiembre de 2025; hoy suma 82 países que lo ratificaron. Chile fue el 2° país del mundo y el 1° de América Latina en hacerlo, en febrero de 2024. China lo firmó en 2023 pero ratificó recién en diciembre de 2025, semanas antes de que el tratado se activara. Ahora viene la decisión importante: entre el 11 y el 22 de enero de 2027 se realizará la primera reunión de todos los países miembros, y ahí se votará qué ciudad del mundo será la sede permanente del tratado. Compiten 3 candidatas: Valparaíso por Chile, Xiamen por China y Bruselas por la Unión Europea. El canciller chileno Francisco Pérez Mackenna presentó los argumentos de Valparaíso el 27 de julio de 2026 con una frase que resume la apuesta: 'Chile es un puente confiable entre diversas regiones y visiones del mundo'.
Para entender por qué esto importa conviene partir por lo básico: la alta mar cubre casi la mitad del planeta y hasta este año funcionaba prácticamente sin reglas. Cualquier flota podía pescar, investigar o extraer recursos genéticos marinos sin pedir permiso ni rendir cuentas. El tratado cambia eso con 4 herramientas nuevas. Uno: permite crear áreas marinas protegidas en aguas internacionales, algo que antes era legalmente imposible. Dos: obliga a evaluar el impacto ambiental de cualquier actividad humana relevante en la zona. Tres: promueve que la ciencia y la tecnología marina se compartan con países en desarrollo. Y cuatro: establece que las ganancias de los recursos genéticos marinos —el material biológico de esponjas, bacterias y corales de aguas profundas que las farmacéuticas ya usan para desarrollar medicamentos patentados— se repartan de forma más justa. Hay un tema que quedó deliberadamente fuera: la minería submarina, la extracción de minerales del fondo del océano, sigue regulada por otro organismo de Naciones Unidas llamado Autoridad Internacional de los Fondos Marinos. Ese detalle importa porque las empresas chinas tienen 5 contratos de exploración minera submarina ante ese organismo, más que ningún otro país del mundo.
la Cancillería prepara antes de noviembre una propuesta concreta donde el apoyo de China a Valparaíso se intercambia por contrapartidas que a Beijing le interesan, como posiciones en los comités técnicos del tratado o avances en la agenda tecnológica bilateral firmada en agosto.
la campaña se concentra en conseguir los apoyos de África, las islas del Pacífico y el Caribe, apelando a que Chile ratificó el tratado antes que casi todos y a que las instituciones internacionales están demasiado concentradas en Europa.
Valparaíso se presenta con vocación marítima y buenos argumentos, pero sin cierre financiero ni diplomático.
▸ Análisis estratégico · The Chinaexpert
Quién gana, quién paga y qué decide Chile
Qué regula el tratado y qué quedó fuera
El tratado gobierna la columna de agua de la alta mar: los peces, las esponjas, las bacterias y todo lo que vive más allá de las 200 millas náuticas que cada país controla frente a su costa. Sus 4 herramientas son la creación de áreas marinas protegidas internacionales, las evaluaciones de impacto ambiental obligatorias, el reparto justo de los beneficios de los recursos genéticos marinos y la transferencia de tecnología a países en desarrollo. Igual de importante es lo que quedó fuera. La minería submarina siguió en manos de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, el organismo de Naciones Unidas que administra el suelo oceánico. La pesca siguió bajo las organizaciones regionales que reparten cuotas, como la que fija cuánto jurel puede capturar cada país en el Pacífico Sur, donde Chile tiene la cuota más grande. Y el transporte marítimo siguió bajo la Organización Marítima Internacional. El tratado nuevo no absorbió esos regímenes: los rodea. Los roces entre todas esas reglas superpuestas serán el terreno donde los abogados del mar trabajarán durante la próxima década.
La jugada china: llegar tarde, pero llegar adentro
La secuencia de China cuenta una estrategia. Firmó el tratado en 2023, cuando firmarlo era el gesto esperado de una gran potencia. Pero lo ratificó recién en diciembre de 2025, apenas 3 semanas antes de que entrara en vigor, y de inmediato postuló a Xiamen como sede. Traducido: esperar hasta el último momento para comprometerse y, una vez adentro, buscar el control de la administración diaria del tratado. El interés de fondo tiene nombre y coordenadas. Las empresas chinas acumulan 5 contratos de exploración de minería submarina —más que cualquier otro país— con foco en una zona del océano Pacífico llamada Clarion-Clipperton, entre Hawái y México, donde el fondo marino está tapizado de rocas del tamaño de una papa que contienen cobalto, níquel, manganeso y tierras raras: los ingredientes de las baterías y los imanes que mueven los autos eléctricos y las turbinas eólicas. Un tratado ambiental administrado desde una ciudad china le daría a Beijing una posición privilegiada dentro del régimen que definirá qué exigencias ambientales rodean a esos contratos. Los investigadores que siguieron las negociaciones bautizaron la postura china como 'multilateralismo cauteloso': defender en público la conservación colectiva de los océanos, mientras se asegura en privado que las reglas nuevas no toquen sus intereses centrales.
Lo que Valparaíso tiene a favor y lo que le falta
Chile llega a esta competencia con 3 credenciales verificables. La primera es simbólica y potente: fue el 2° país del mundo en ratificar el tratado, un compromiso temprano que ni China ni la Unión Europea pueden exhibir. La segunda es histórica: Santiago alberga desde 1948 la CEPAL, la comisión económica de Naciones Unidas para América Latina, lo que significa 70 años de experiencia recibiendo organismos internacionales. La tercera es científica: Chile tiene universidades, institutos y flota de investigación oceánica con estándar mundial, además de su posición como puerta de entrada a la Antártica. Las debilidades también son concretas. El presupuesto para financiar la sede no está comprometido por ley, y una candidatura sin cierre financiero es una promesa, no una oferta. China compite con chequera: ya ha financiado sedes completas de organismos internacionales para llevarlas a su territorio. Y Bruselas vota en bloque con los 27 países de la Unión Europea, aunque carga con un argumento en contra que Chile puede usar con elegancia: la mayoría de las secretarías ambientales del mundo ya están en Europa, y el sur global lleva años pidiendo que las instituciones se repartan mejor.
El cruce de fechas que define la partida
Aquí está el corazón estratégico de esta historia, y se entiende con un calendario. La campaña de Valparaíso corre de junio a diciembre de 2026. La cumbre APEC, con Xi Jinping como anfitrión, es el 18 y 19 de noviembre de 2026 en Shenzhen. La votación de la sede es en enero de 2027. Es decir: el presidente de Chile compartirá mesa con el presidente de China 8 semanas antes de que se vote entre la ciudad chilena y la ciudad china. Los desenlaces posibles son 3 y todos son legibles desde ya. China puede retirar a Xiamen a cambio de algo que le interese en otra mesa: avances en el litio, el cable submarino, la agenda tecnológica. China puede mantener su candidatura y dividir los votos de los países en desarrollo, que son justamente los que Chile necesita. O ambos países pueden negociar un paquete donde Beijing apoya a Valparaíso a cambio de puestos en los órganos técnicos del tratado, los comités donde se escriben los detalles que la prensa no mira pero que definen todo. Lo único seguro es que si la delegación chilena llega a Shenzhen sin una propuesta armada para este cruce, la negociación la conducirá el que sí llegó preparado.
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